Dios no excluye a nadie: Un llamado a la apertura del corazón



Dios no excluye a nadie: Un llamado a la apertura del corazón

A veces, en nuestra vida cristiana, caemos en la tentación de dividir a las personas entre "buenos" y "malos". Pero Dios no hace eso. Él se acerca a todos sin distinción y nos invita a hacer lo mismo. Reflexionemos sobre esta verdad a la luz del Evangelio y la enseñanza de la Iglesia.

Dios ama sin excepciones

Si hay algo que deberíamos tener claro es que Dios no excluye a nadie. Y si a veces sentimos que Dios está lejos, probablemente no es porque Él se haya alejado, sino porque nosotros hemos puesto barreras. Pero esas barreras no las pone Dios. Él sigue estando cerca, esperando, llamando, abrazando.

Jesús mismo nos muestra esto en los Evangelios. ¿Con quiénes pasaba su tiempo? Con los pecadores, con los rechazados, con los que estaban al margen. "No he venido a llamar a justos, sino a pecadores para que se conviertan" (Lc 5,32). Y es que para Dios, todos somos sus hijos, sin importar nuestra historia, nuestras caídas o las etiquetas que el mundo nos haya puesto.

¿Por qué seguimos excluyendo?

A lo largo de la historia, los cristianos hemos caído muchas veces en la tentación de pensar que solo algunos merecen el amor de Dios. Nos escandalizamos con facilidad cuando alguien que consideramos "pecador" se acerca a la Iglesia, como si nosotros mismos no necesitáramos también misericordia.

San Agustín, que bien conoció la conversión, decía: "Si Dios ha perdonado mis pecados, ¿por qué no habría de perdonar los tuyos?". Pero a veces nos creemos con derecho a decidir quién merece o no el amor de Dios. Excluimos a quienes tienen pensamientos diferentes, a los que llevan vidas que no entendemos, a quienes han cometido errores que juzgamos demasiado grandes.

Pero, ¿acaso no es precisamente la Iglesia un hospital para los heridos? ¿No es la misericordia de Dios más grande que cualquier pecado?

La conciencia, un espacio sagrado

Otro error en el que podemos caer es querer medir la fe y la santidad de los demás desde fuera. Pero la Iglesia siempre ha enseñado que la conciencia es el lugar sagrado donde cada persona se encuentra con Dios.

El Catecismo de la Iglesia Católica lo dice con claridad: "La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo" (CIC, 1776).

Por supuesto, hay acciones objetivamente malas, pero cada persona tiene su propio camino, su propia historia con Dios. No siempre podemos ver lo que hay en el corazón de los demás.

¿Cómo podemos vivir esta apertura?

Aceptar que Dios no excluye a nadie significa que nosotros tampoco deberíamos hacerlo. Es un llamado a la humildad, a reconocer que no somos jueces, sino hermanos. Pero, ¿cómo vivir esto en lo cotidiano?

  1. Aprender a escuchar sin prejuicios. En lugar de juzgar, intentemos comprender. Cada persona que se acerca a la fe tiene una historia, y Dios ya está obrando en ella.

  2. Evitar comentarios que dividan. A veces, con palabras sutiles, excluimos a otros sin darnos cuenta. Aprendamos a hablar con amor.

  3. Orar por quienes nos cuesta aceptar. Si hay alguien en nuestra comunidad o en nuestra vida que nos cuesta incluir en nuestro corazón, pidamos a Dios la gracia de verlo con sus ojos.

  4. Recordar que todos estamos en camino. La santidad es un proceso. Ninguno de nosotros ha llegado a la perfección.

Jesús vino a salvar a todos, sin excepción. Si Dios no excluye a nadie, nosotros tampoco deberíamos hacerlo. Abramos nuestro corazón y nuestra comunidad para reflejar verdaderamente el amor de Dios.

La Pregunta que podemos hacernos hoy es: ¿Hay personas a las que he excluido de mi corazón sin darme cuenta? ¿Cómo puedo abrirme más a los demás?

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